Llegamos allá por
el 2000, cuando era cuestión de tiempo para que el país explote social y
políticamente. No faltaba nada, mientras eso pasaba, nosotros, juntos, en
nuestro mundo separados de la realidad pasábamos horas y horas corriendo por
todos lados, sonriendo hasta el cansancio.
Un nuevo mundo,
desconocido para nosotros. Veníamos de aquel angosto pasillo del departamento
de la calle Juncal a un pasillo que podríamos estar medio día para terminar de
recorrerlo, de una cocina donde no te cansabas de romper las paredes a una
donde podrías pasar años en terminar de destruirla. Nos resultaba inmenso las
cosas como si alguien hubiese decidido achicarnos. Conocimos este mundo juntos
y cuanto más lo conocíamos, más nos enamorábamos. No pasaba ningún día sin que
te diera algo de amor, aunque haya sido el peor de los días.
Fueron pasando
los años y junto a ello, las etapas. Llegó el primer arreglo y decidiste
abandonar tu lugar para dormir por las noches para venir conmigo, a esa pared
blanca que luego terminó siendo azul oscuro y por culpa de los pelos al
acostarte ahí, fue quedando blanca de nuevo. Fue ese lugar donde tanto
jugábamos, reíamos e incluso, en ciertas ocasiones, cuando nadie me veía,
lloraba con vos. Si tan sólo tuviera la oportunidad de llevarme algo, será este
lugar, tu lugar, nuestro lugar, nuestra pared.
Hoy, me toca
irme. Tendré que irme a un lugar nuevo, una puerta más que se abre con miles de
obstáculos que recorrer, con nuevas cosas que descubrir y siempre algo más que
contar. Lo que estoy seguro es que ya no podré hacerlo con vos, compañera y
amiga del alma que por culpa de alguien te separó de mí.
Me voy con la
tristeza y la incertidumbre de no saber si podré volver a sentarme ahí
recordando viejos tiempo y teniéndote, de una forma u otra, presente conmigo pero
con la alegría y seguridad de saber que, al abrir la nueva puerta, estarás a mi
lado explorando este nuevo camino.

No hay comentarios:
Publicar un comentario