miércoles, 8 de julio de 2015

ILUSIONARSE.

Cansado. Me despierto luego de haber dormido bastante, me siento en el borde de la cama apoyando mis pies sobre el caliente piso de mi habitación. Giro la cabeza de un lado a otro, tratando de ordenar este día. Mientras estoy sentado lentamente me voy acordando del sueño. Siendo sincero no me acuerdo mucho, sé que comenzaba mucho tiempo atrás, allá por el 2002, cuando era un chico de diez años que se levantaba a la madrugada con sólo ver los cruces de Ayala, la magia intacta de Verón, las locuras de Ortega, las corridas de Caniggia y los goles del eterno Batistuta. Fueron apenas 3 madrugadas. El paso del tiempo me llevó a Europa, el horario era lo de menos, un Riquelme, Saviola, Crespo, Mascherano me llevaban más allá de lo que pude imaginar y por cosas del fútbol y del destino, recordaba ver la imagen de un Cambiasso completamente abatido.

Vuelvo a la realidad, sigo sentado, los minutos que tardé en recordar el sueño fueron muy pocos, sabía que tenía que levantarme a comenzar el día pero todavía estaba recordando. Año 2011, las cosas del fútbol y las culturas nos llevaban a Sudáfrica. Pero no importaba, teníamos al mejor del mundo en nuestras líneas respaldado por uno de los planteles más ricos y al mejor jugador en la historia como técnico, nada podía salir mal. Bochornoso 4-0 frente a Alemania y a casa. Sigo tratando de recordar como continuaba, mientras tanto abro los diarios, miro la televisión y escucho la radio, y un tal Lio Messi y Mascherano no paraban de ganar títulos en el Barcelona, un chico de Rosario llamado Di María jugaba en el Real Madrid ganando un par de títulos, algún argentino de apellido Agüero rompía redes por toda Inglaterra, lo mismo que un Higuaín en el sur de Italia. Tenía que ser la nuestra, además de contar con el mejor plantel del mundo en cuanto a nombres e individualidades, era en nuestro país vecino, nada más lindo que festejar nuestro tercer mundial frente a un país clásico como lo es Brasil. Los que tenían que aparecer no aparecieron y quedamos segundos, nuevamente, perdiendo con Alemania.
Todo me resultaba raro, las luces del cuarto todavía no se encendían, estábamos mi mente, los recuerdos del eterno sueño y yo. No era lo mismo, no tenía ese gusto dulce como el Mundial pero se acercaba la Copa América en Chile, todos lo que hayamos leído un par de libros sabemos que historia bélica hay detrás, tenemos la obligación de ganarla, no sólo para verificar lo hecho en el Mundial y que teóricamente los jugadores llegaban con un mejor estado, sino por los mismos jugadores. La historia se repetía, triunfo paupérrimo frente a Jamaica, empate lamentable frente a un Paraguay desconocido y una selección que daba más dolor de cabeza que satisfacción. Pese a todo, llegamos a la final para enfrentar a los dueños de la casa, aquella selección chilena que nunca nos había ganado en una Copa América y sus vitrinas se caracterizaban por estar vacías. Deja vú del Mundial de Brasil, los – o mejor dicho el – que tenían que aparecer no lo hicieron y nuevamente, un segundo puesto.


Me tomo unos momentos para pensar en qué fue lo que pasó, en lo vacío que me sentía, en lo triste que me ponía pensar cómo hay gente que puede dejar un trabajo, a la familia, a la novia, a sus hijos para hacer un viaje y verlos noventa minutos correr atrás de una pelota, en cómo puede ser que haya personas que estén satisfechas viéndolos ganar un título internacional en sus clubes mientras que en la selección pasan sin pena ni gloria. Seguía pensando y cuanto más tiempo pasaba, mas me angustiaba. Me acordé de la historia que me contó papá y su frase del “en el Mundial del ’86 se fueron de acá para México, a nadie le importaba, decíamos que nos volvíamos rápido y nos trajeron la Copa” la repetí mil veces en mi cabeza y tomé una decisión. No me ilusiono más. No quiero sentirme el mejor sin serlo, sin ver a aquel hombre vestido de blanquiceleste todo embarrado levantando la Copa. Perdón Argentina, no me ilusiono más, ya me ilusionaron por trece años. Vuelvo a dormir, para volver a escribir y que el final, no sea el mismo.

Joaquín López Gestoso

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